La captura de Nicolás Maduro por parte del gobierno de Estados Unidos no solo sacudió a Venezuela, sino que estremeció el tablero político de toda América Latina. A menos de un día del anuncio oficial del presidente Donald Trump, comienzan a emerger versiones que revelan un elemento tan delicado como determinante: la presunta colaboración de personas del círculo más cercano al mandatario venezolano para facilitar su detención y extracción del país.
Según revelaciones del diario The New York Times, la operación militar que terminó con Maduro fuera de Caracas no fue un acto improvisado ni una decisión de último minuto. Por el contrario, se trató de una acción meticulosamente planeada durante meses, en la que confluyeron inteligencia humana, tecnología de punta y, de manera clave, información suministrada desde el interior mismo del régimen venezolano.
El jefe del Estado Mayor de Estados Unidos, general Dan Caine, confirmó que el operativo incluyó ensayos previos y la participación de más de 150 aeronaves, entre aviones, helicópteros y drones especializados. Sin embargo, el verdadero punto de quiebre habría sido la cooperación de informantes que, desde las entrañas del poder chavista, proporcionaron datos precisos sobre los desplazamientos, rutinas y esquemas de seguridad del presidente venezolano.
De acuerdo con el informe periodístico, estas fuentes habrían trabajado de forma encubierta con la Agencia Central de Inteligencia (CIA), permitiendo el despliegue de una flota de drones con capacidad de vigilancia avanzada dentro del territorio venezolano. Estos dispositivos monitorearon en tiempo real los movimientos de Maduro durante varios días, reduciendo al mínimo cualquier margen de error.
La operación combinó seguimiento satelital, interceptación de comunicaciones y presencia humana en puntos estratégicos. Esta convergencia de inteligencia permitió que las fuerzas estadounidenses actuaran de manera sorpresiva, interceptando al mandatario en un momento en el que su esquema de protección no estaba preparado para una acción de tal magnitud.
El propio Donald Trump confirmó la captura a través de su red Truth Social, con un mensaje que recorrió el mundo en cuestión de minutos. “Estados Unidos ha llevado a cabo con éxito un ataque a gran escala contra Venezuela y su líder, el presidente Nicolás Maduro, quien fue capturado junto a su esposa y sacado del país”, escribió el mandatario, atribuyendo el éxito de la operación a una acción conjunta entre fuerzas militares y agencias de seguridad estadounidenses.
Más allá del impacto inmediato del anuncio, el trasfondo político es aún más profundo. Durante meses, la administración Trump había incrementado la presión sobre el gobierno venezolano mediante sanciones económicas, advertencias diplomáticas y un discurso cada vez más directo. En diciembre, el presidente estadounidense había afirmado que lo más “inteligente” para Maduro era abandonar el poder, asegurando que sus días al frente del país estaban “contados”.
Paradójicamente, la captura se produjo apenas dos días después de que Maduro intentara abrir un canal de diálogo con Washington, ofreciendo cooperación en temas sensibles como la lucha contra el narcotráfico y la migración irregular. Para muchos analistas, ese acercamiento pudo haber sido una señal de debilidad que aceleró la fase final del operativo.
La supuesta traición interna también deja al descubierto la fragilidad del poder en Venezuela. Un gobierno que durante años se sostuvo bajo un férreo control institucional, militar y político, habría terminado vulnerado desde adentro, por aliados que optaron por negociar información a cambio de garantías personales, protección o beneficios futuros.
Este escenario plantea interrogantes de gran alcance: ¿cuántas figuras del alto gobierno estaban al tanto de la operación?, ¿qué tan profundo es el quiebre dentro del chavismo?, ¿y qué consecuencias tendrá esta colaboración en el reordenamiento del poder en Venezuela?
Mientras tanto, el país entra en una etapa de absoluta incertidumbre. La captura de Maduro no solo marca un punto de inflexión en la historia reciente venezolana, sino que abre un capítulo impredecible en la relación entre Estados Unidos y América Latina. Lo ocurrido demuestra que, más allá de los discursos ideológicos, la información y las lealtades internas pueden ser tan decisivas como las armas.
Hoy, Venezuela enfrenta no solo la ausencia de su principal figura de poder, sino también el peso de una verdad incómoda: el régimen no cayó únicamente por presión externa, sino por las grietas internas que, en silencio, terminaron derrumbándolo.





